Hola! Acá es! Vení, acomodate en el pasto conmigo. Dale, no pasa nada, es sólo el viento. Tengo algo que contarte...
24 de noviembre de 2009
delirium
su fragancia invisible se aventuraba lejos contra el pecho del nombre.
De paso, el polvo viajaba debajo de la gotera rupestre y la estancia arcaica
se ocultaba más allá de la montaña del oeste junto con el muelle, que,
áspero, se hundía con frecuencia en el mapa con bucles. El guante agudo
abrió de pronto el abanico de araña mientras la sombra feudal hastiaba
maliciosamente el aparato por entre las matas, porque el lazo disecado
ayudaba siempre a la violeta entre el silencio.
Entonces, cuando el cielo se orinó en el párpado de la infancia las hojas,
nostálgicas y sin esperanza, temblaron sobre la mesa.
17 de octubre de 2009
De alquiler
De alquiler
El corazón me hace tarán tarán y no es porque esté caminando rápido. Ya estoy cerca de Independencia, pero no me acuerdo cuál era el nombre del banco. Me lo dijo, ella me lo dijo y se lo hice repetir para estar segura y ahora me olvidé.
“No hay olvidos”. ¿Quién dijo eso? Esto no era parte del plan. Yo sólo quería pasar y mirarlo, tal vez hacerle alguna pregunta (¿Para qué lado está el Congreso? Ah, gracias) si me animaba. Comprobar la mercancía antes de comprar. Quería relojearlo a gusto, como una hembra más que camina por la calle y ve algo que le gusta. ¿Qué estoy diciendo? ¿Desde cuándo me refiero a mí misma como “hembra”? Desde que empecé a pensar en esto, supongo. Desde que esta lluvia de posibilidades empezó a caer, dejándome empapada y mortalmente confundida.
Ella me dijo: “Te conseguí un candidato. Se llama Sosa, es morocho de ojos celestes. Un cuerpo impresionante. Dijo que sí, que se copaba. Sí, es un pibe para la fiesta, nada más”. Por cien pesos se copaba. Eso dijo. ¿Cómo podía alguien prestarse a semejante cosa? ¿Alguien que no se dedicaba a eso, que no vivía de eso, que no era profesional? Seguro que no lo dijo en serio. No puede ser.
Al principio le dije que no, que había sido un chiste. Sigo diciendo que no, sigo pensando que era un chiste. Pero en vez de cruzar Entre Ríos para ir a visitarla, me acerco al cruce con Independencia, a paso rápido, desordenado, acalorado, totalmente vergonzoso.
No tenía que ser así. Ahora mi camisa está arrugada, el maquillaje medio corrido y estoy transpirada, el pelo se me pega a la cabeza como si no me hubiera bañado, ya me quedo sin aire. Toda alborotada voy a verlo, y no quiero.
¿Por qué, además de posible acompañante, tenía que ser policía? ¿Cómo es posible que las dos cosas convivan en una misma persona? ¿Así, de uniforme, lo voy a conocer? Por eso dudo que pueda hablarle, no me voy a animar. Me va a mirar, con esos ojos, por debajo de la visera de la gorra, va a sonreír despacio y como de costado (como deben sonreír esa clase de hombres) y va a esperar a que yo hable. Va a quedarse ahí parado, con toda esa seguridad emanándole del uniforme y del arma que lleva en el cinto (no pienses en el doble sentido), y yo no voy a poder mirarlo a la cara.
Freno. No, no, no. Dos segundos, me doy vuelta y voy a visitar a mi amiga. No puedo verlo, ni de lejos. No debo, porque ya decidí que no iba a hacer esto.
Estoy tranquila. Entendí por qué no, está bien. Ya pasó. Le cuento, a ella, por qué no. Me mira aguantándose la risa, no entiendo. ¿Por qué no lo hace ella, si tanto le gusta la idea?
Dios mío, acaba de entrar. ¡Acaba de entrar! ¿Qué hago? La camisa, soltar el primer botón de la camisa. Me hago la distraída. Saluda. Se saludan ellos. Ahora me presenta. Él abre los ojos, no sabía que era yo, la loca que quería alquilarlo. Trato de reírme, pero sé que estoy quedando como una tonta. Es mucho más lindo de lo que yo pensaba y no puedo mirarlo a los ojos por mucho tiempo.
Sé que debería prestar atención a lo que dice, pero la vista se me va hacia su boca, sin entender las palabras (Ni que fuera tan difícil, no parece un discurso elaborado). ¿Se dará cuenta? Que me lo estoy comiendo con los ojos, digo.
¿Cómo podría prestarle atención, con todo lo que está pasando por mi cabeza? Con sólo cien pesos, sería mío. Mío. ¿Qué importa la gente de esa fiesta? Sí, se los mostraría, haría que lo admirasen por cinco minutos, pero después… mío. Lo llevaría a la pista. Seguro que baila muy bien. ¿Trataría él de acercarse, para montar un buen espectáculo? Eso me da curiosidad. ¿Me tocaría espontáneamente, o se mostraría parco y tímido? Después de todo, no es profesional.
No, sería mío y yo dejaría bien claro lo que tiene que hacer. ¿Qué? ¿Qué dijo? Ah, sí, traje paraguas, está por llover.
Mío. Uy, las manos. Las apoya en el mostrador, las mueve, me llaman. Me gustaría, sí, sólo una caricia, para ver si su piel es tan suave como parece. Para ver cómo se ve mi mano sobre la suya. Cien pesos, y sería todo mío por varias horas. Algo ronronea adentro mío y se despereza, se hace notar. Y un calorcito sube y sube como la llamita de la canción, y unas cosquillas en las yemas de los dedos imaginando su piel y saber que, si realmente fuese mío, no me alcanzaría con bailar y despedirme después de un par de horas. No perdería mi tiempo (el que pagué) entre esa gente, esos que a los cinco minutos se olvidarían de mí y de mi… no se me ocurre una palabra.
Y si lo llevo a un hotel y le pido… le pido que… ¿Haría eso? ¿Yo lo haría? ¿Él lo haría? ¿Tendría que pagarle más? Cierto, que sea mío, poder controlar todo lo que hace (pero no su mente, no podría decirle qué pensar, qué sentir) es increíblemente tentador, pero otra partecita de mí espera que él, en cualquier momento me diga que no, que no quiere que le pague, que me acompaña a la fiesta de onda… y, ¿si me animo, y después del hotel me pide la plata? ¿Cómo me sentiría yo? ¿Me cobraría eso? Es decir… no soy una vieja aburrida y sola. Tengo veintiún años (todavía), y no soy desagradable a la vista… ¿Me cobraría? No, no es lo más importante. Lo vital es saber si yo estaría satisfecha con eso. Si la pasara bien, y pudiese dejar afuera todo lo que podría venir a arruinar esto (lo que él piensa, lo que los demás piensan, cómo se ve la situación desde afuera). ¿Podría concentrarme sólo en mí? No. Claro que no. Porque nunca podría contar la historia, nadie entendería. Tendría que inventarme otra historia, una feliz, con un novio que me amase, una relación larga y una habitación con velas (¿por qué velas?). No podría estar orgullosa de semejante historia.
Y aunque no llegara tan lejos, no puedo. Porque siempre sería “la que alquiló a ese tipo para ir a una fiesta, cuando tenía veintiún años, la que ni siquiera a esa edad podía conseguir un hombre”. No, no.
Qué lástima. Porque está tan lindo. Pero alguien como él nunca saldría con alguien como yo, así porque sí. Me despido saludando con la mano, no me animo a darle un beso. Chau, un gusto, suerte.
Afuera empieza a llover.
8 de octubre de 2009
Caminata nocturna
El crujir y crepitar de ramitas y hojas secas me señala, como un faro, donde quiera que vaya.
No puedo esconderme.
Despacio, despacio.
Me estoy perdiendo, ya no sé dónde quedó el sendero.
Viento.
El sol desaparece, el aire es azul. La noche viene.
Pisadas. No. ¿Qué es?
Más rápido, ahora.
Huelo verde, sé que no debo correr.
Silencio. La mirada azul.
Él baja las orejas y da un paso.
Respiro por la boca, no hago ruido
pero el corazón, no entiende.
Se acerca y retrocedo.
Despacio, despacio.
Un rayito de luna brilla en sus dientes.
Viento.
Nada más.
Una sombra salta a desgarrar la yugular.
Silencio.
Cierro los ojos, sólo unos segundos más.
Caemos, por fin.
Un leve gruñido y clava los dientes, tiene hambre.
El calor de su aliento,
el sabor de la sangre también
en mi boca.
Ya está…
12 de septiembre de 2009
No es cualquier fruta, es una manzana.
Tengo algunas cosas para recomendar: poemas de Maya Angelou (no hay uno en particular, todos son muy buenos), poemas de Ungaretti (especialmente "Vigilia" y "Mattina") y algunos cuentos de Borges ("El Evangelio según Marcos" se ha convertido en uno de mis preferidos, pero no sé si supera "La casa de Asterión").
Would you hold on to me? I am feeling frail...
Hambre
No llovía
Fue de casualidad, ni siquiera tuvo tiempo de imaginarse la situación.
Los dos,
En el colectivo que iba a Barrancas…
El feriado había vaciado las calles,
Había liberado la atmósfera de la masa cotidiana.
Se respiraba lindo en las veredas, esa tarde
Tenía hambre y sacó la manzana del bolso,
Le convidó en chiste
(nunca pensó que él diría que sí).
Entonces probó la fruta, estaba jugosa
Y se la ofreció a él.
Él, que se relamía los labios esperando ese sabor
Suavemente posó sus dedos sobre los de ella, que sostenían la manzana
Se la llevó a la boca
Y la mordió
Ella sintió el impacto, en su mano
El calor y la fuerza
Se quedó sin aliento
Porque él había comido de su mano
Y a ella le había encantado darle de comer
Un mordisco
Y otro
Y otro
Hay algo tan primario
En alimentarse así,
La boca de él
Encima de donde ella había mordido
Hacía sólo unos segundos
Tan íntimo
Tan delicioso
Y vio
La mandíbula tensa
Devorando,
La garganta fuerte que palpitaba hipnóticamente
Y se imaginó
acercándose despacio
relamiéndose los labios esperando ese sabor
clavándole los dientes
en el cuello
degustando el pulso que latía tiernamente bajo la piel
mordiendo
como él desgarraba la manzana
que ella todavía sostenía.
26 de agosto de 2009
La mirada
El otro día hablábamos de los ojos. El tema surgió porque fui al oculista. Qué lugar tan odioso. No, no veo las letras de abajo. El doctor me puso esos lentes raros, los ajustó y después del fondo de ojos (ese líquido que dilata las pupilas. Fue rarísimo, por un rato tuve ojos negros) me dijo que tenía que usar anteojos. ¿Para ver de cerca o de lejos? Bueno, todo el tiempo, dijo el doctor (que, según Mamá, se recibió ayer). Lo que más me molestó (aparte de que no pasara conmigo más de los cinco minutos necesarios para hacer el diagnóstico, o el hecho de que me miró a los ojos dos veces como mucho), fue que no me preguntó qué hago en la vida. Eso importa para hacer un buen diagnóstico, ¿no? Me dijo que mi condición no va a empeorar si no uso anteojos. Pero el doctor Patricio no sabe que la mitad del día me la paso leyendo, y la otra mitad, en frente de la computadora. En fin. Tendré que consultar a otro oculista.
Por suerte esta no fue toda la conversación. Dije que lamentaba no tener ojos verdes. En mi familia hay varios casos, pero a mí no me tocó. Un marrón bastante simple es el mío. Prefiero denominarlo "marrón canela", pero mis parientes son más realistas: "marrón caca", siempre dijeron.
Si bien no puedo ver lo interesante en mis ojos, puedo verlo en los demás. Conozco ojos de color indescifrable, entre el verde y el marrón, miel y canela. Conozco ojos marrones que brillan con el sol hasta asemejarse al bronce.
Este poema es acerca de una mirada. Y de lo poderosa que puede llegar a ser.
Para Vane.
Mariska Hargitay!
Ojos verdes
Todo su cuerpo era melodía de pura seducción
un íncubo encantador,
salvaje,
venido de los sueños más profundos y secretos
que inició su callado avance lentamente,
su huella cada vez más profunda
en esa pequeña alma que lo necesitaba tanto
(no se dio cuenta de eso, hasta que fue demasiado tarde)
no sólo trajo sensualidad
si hubiera sido sólo eso, no hubiera costado tanto resistirse
lució su sonrisa de lobo
ofreció alivio a la cadena de los días, la rutina que mataba los sentidos
provocó temblores
engendró calor
encendió vida...
Ese despertar
levantar la cabeza del hastío y ver más allá
ver el impulso vital que es ahora
sentir la juventud feroz que pulsa en las venas
alocada, con cada una de sus miradas
la existencia que merece celebrarse de esta manera,
sí,
celebrar la existencia de ese cuerpo mítico y lo que hace sentir
en este otro cuerpecito lánguido
Ése era su juego
la ilusión que creaban
sus demoníacos ojos verdes
la víctima al borde del lago,
fascinada,
a punto de caer al vacío más hermoso
a recibir la muerte con una sonrisa
-porque por un instante se sintió...
completa-
un paso más, suplican
ruegan
brillan de esa manera
los ojos color esmeralda…
la mente se abandona
el cuerpo se estremece
el alma tiembla
y sí,
el alivio sublime de rendirse sin mañanas...
Finalmente
sentir las pequeñas olas cerrarse encima de su cabeza
atrapada para siempre en el fondo de ese lago verde
Feliz...
13 de agosto de 2009
Podemos tener perro?
Hoy hablábamos de La muerte de Iván Ilich, de Tolstoi. De cómo una caricia a veces cambia todo...
Es para pensarlo.
Mariska Hargitay!
El señor Presidente
-¿Te pasa algo?- preguntó su esposa, de mal humor.
- No, me quedé pensando en lo que dijiste.- mintió.
Ella lo observó por unos segundos, sin terminar de creerle.
- Bueno. Pensálo. Hay que decidirlo antes del lunes.- sin dirigirle otra mirada, salió de su oficina.
“Hay que decidirlo”. Quería decir que él tenía que decidir.
Era tarde, y la intensidad del silencio que lo rodeaba lo asustó. Miró la pila de papeles que había quedado en su escritorio, esperando ser firmada. Dejó la lapicera. Observó la mesa, repleta de carpetas de distintos colores y ninguna foto.
Aflojó el nudo de su corbata. ¿Qué diría su mujer si le proponía adoptar un perro? Seguramente le preguntaría para qué. “Porque me siento solo”. Ésa no era una respuesta aceptable.
Escuchó voces que venían del pasillo. ¿Qué querían ahora?
- Señor, le dije que era tarde, pero insiste en hablar con usted.- la cara paliducha de su secretario se asomó por un instante antes de que el ministro de Economía lo empujara a un lado para entrar en la habitación.
- Buenas noches, señor Presidente.- dijo mientras se acomodaba sin pedir permiso en el sillón frente al escritorio.
- Buenas noches.- saludó, resignado a perder su silencio.
De inmediato, el ministro empezó a hablar, pero él no podía entender lo que decía. Lo veía gesticular con firmeza, evidentemente muy convencido de algo, pero las palabras no tenían sentido en su cabeza.
Era notable como el bigote de ese hombre temblaba cuando éste decía la palabra “suministros”. Al parecer, la mencionaba seguido, porque el bigote bailaba con un ritmo parejo, como si siguiera un estribillo recurrente.
¿Tendría una mascota el ministro de Economía? Parecía un amante de los pájaros. Sí, tal vez una cotorra verde con motas rojas.
- ¿Quedamos así, entonces?- sobresaltado, apartó la vista de la boca del hombre que ahora esperaba su apoyo.
- Voy a pensarlo. Buenas noches, señor ministro.- odiaba que lo presionaran. Lo vio levantarse, ofendido, convirtiendo el “buenasnoches” en un insulto más que un saludo.
Suspiró y se dejó caer contra el respaldo de la silla. El anterior ministro era mucho más amigable. No sabía nada de economía, pero siempre que venía a hablarle se tomaba su tiempo, como si no tuviera otra cosa que hacer. Le sonreía, le preguntaba cómo estaba, si había visto el partido de tenis. Después iba a lo que les interesaba, claro, pero como si fuera sólo un tema más en la conversación. Una charla de amigos, casi. Era patético añorar eso.
La luz casi fosforescente de la habitación le molestaba, pero no era bueno quedarse en la oscuridad. Y ese silencio… tenía ganas de gritar.
Alguien tocó la puerta. ¿Qué más?
El secretario. Esta vez no se quedó en el umbral. Entró y se acercó al escritorio.
- Ya me iba. ¿Necesita algo más, señor?- preguntó con timidez.
Bueno, todavía queda alguien en todo el edificio que respeta el cargo, pensó.
Se inclinó sobre la mesa. La garganta se le cerró, sin saber por qué.
Tragó saliva con fuerza, como si así pudiera disolver el nudo que apretaba desde adentro.
- No, gracias.- contestó finalmente.
- Hasta mañana, entonces.- dijo suavemente, y le sonrió. Sin esperar respuesta, salió.
Se quedó mirando la puerta, como si el chico pudiera volver en cualquier momento. Pensó en llamarlo, pero no supo con qué excusa. Un escalofrío lo recorrió.
El señor Presidente necesita un abrazo.
5 de agosto de 2009
Briznas
Hoy, leyendo El siglo de las luces, aparecieron dos de las palabras preferidas de Carpentier (y mías, también): "turbamulta" y "alborotoso". ¿No son geniales? Qué lenguaje el de este señor.
El mini cuento (no es un cuento, creo, pero no sé cómo llamarlo) que sigue se lo dedico a Meli. ¡Algún día el Club de la Siesta se reunirá de nuevo!
Mariska Hargitay!
El veneno
En esos segundos que parecieron eternos no la sentí.
La vi de repente, saliendo de la nada a inyectar el veneno mortal. Sus ásperas pinzas se clavaron en mí con la fuerza de la voracidad, condenándome al final más horrible.
Después, inmóvil, me observaba en perversa espera. El brillo de sus ojos sangrientos me cegaba, me paralizaba rápidamente. ¿O sería el veneno? No, el veneno tenía otros síntomas, lo que me impedía moverme era el miedo.
Mis miembros congelados se olvidaban de seguir las órdenes de mi cerebro, que se obsesionaba con los movimientos del cuerpo cercano.
A mi alrededor todo parecía morir conmigo, los frescos nudos ya no aleteaban alegres y la cascada de fuego había dejado de correr. Briznas de carne roja centelleaban en círculos mientras las mandíbulas de mi atacante se abrían y se cerraban frenéticamente, hablando un idioma extraño. El verde sucio que veía sobre mi cabeza se volvía insolentemente chillón y le daba a las cosas una tonalidad fluorescente. Libélulas arrastraban sus alas por el suelo dejando un rastro de baba amarillenta que reflejaba mi incipiente podredumbre.
Ahora sí el veneno hacía efecto, podía ver cómo me iba desgajando lentamente, me preparaba para recibirla. Ella lo sabía, se relamía anticipando el sabor de mis músculos endulzados por su líquido mortal. Creo que eso era lo que más disfrutaba.
Ya se acercaba famélica a sellar el pacto. Toda ella se regodeaba mientras avanzaba cada vez más despacio para degustar mi terror.
El sacrificio estaba completo.